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El pasado vivo: casos paralelos y precedentes

contenido


Liminar.
Verdad y memoria: escribir
la historia de nuestro tiempo

Anne Pérotin-Dumon
Verdad, justicia, memoria

Introducción

El derecho humano a la Verdad.
Lecciones de las experiencias latinoamericanas de relato de la verdad

Juan E. Méndez

Historia y memoria.
La escritura de la historia y la representación del pasado

Paul Ricœur

Maurice Halbwachs y la sociología de la memoria
Marie-Claire Lavabre
Argentina: el tiempo largo
de la violencia política


Introducción

La violencia en la historia argentina reciente: un estado de la cuestión
Luis Alberto Romero

Movilización y politización: abogados de Buenos Aires entre 1968 y 1973
Mauricio Chama

La Iglesia argentina durante la última dictadura militar.
El terror desplegado sobre el campo católico (1976-1983)

Martín Obregón

Testigos de la derrota.
Malvinas: los soldados y la guerra durante la transición democrática argentina, 1982-1987

Federico Guillermo Lorenz

Militares en la transición argentina: del gobierno a la subordinación constitucional
Carlos H. Acuña y
Catalina Smulovitz


Conflictos de la memoria en la Argentina.
Un estudio histórico de la memoria social

Hugo Vezzetti
Chile: los caminos de la historia
y la memoria


Introducción

El pasado está presente.
Historia y memoria en el Chile contemporáne
o
Peter Winn

Historia y memoria del 11 de septiembre de 1973 en la población La Legua de Santiago de Chile
Mario Garcés D.

La Michita (1964-1983): de la reforma universitaria a una vida en comunidad
Manuel Gárate-Chateau

El testimonio de experiencias políticas traumáticas: terapia y denuncia en Chile (1973-1985)
Elizabeth Lira

La superación de los silencios oficiales en el Chile posautoritario
Katherine Hite

Irrupciones de la memoria: la política expresiva en la transición a la democracia en Chile
Alexander Wilde
Perú: investigar veinte años
de violencia reciente


Introducción

“El tiempo del miedo” (1980-2000), la violencia moderna y la larga duración en la historia peruana
Peter F. Klarén

¿Por qué apareció Sendero Luminoso en Ayacucho?
El desarrollo de la educación y la generación del 69 en Ayacucho y Huanta

Carlos Iván Degregori

Pensamiento, acción y base política del movimiento Sendero Luminoso.
La guerra y las primeras respuestas de los comuneros (1964-1983)

Nelson Manrique

Familia, cultura y “revolución”.
Vida cotidiana en Sendero Luminoso

Ponciano del Pino H.

Juventud universitaria y violencia política en el Perú.
La matanza de estudiantes de La Cantuta y su memoria, 1992-2000

Pablo Sandoval

En busca de la verdad y la justicia.
La Coordinadora Nacional de Derechos Humanos del Perú

Coletta Youngers
Archivos para un pasado reciente y violento: Argentina, Chile, Perú

Introducción

Archivos de la represión y memoria en la República Argentina
Federico Guillermo Lorenz

Archivos para el estudio del pasado reciente en Chile
Jennifer Herbst con
Patricia Huenuqueo


Los archivos de los derechos humanos en el Perú
Ruth Elena Borja Santa Cruz
El pasado vivo:
casos paralelos y precedentes


Introducción

Cegados por la distancia social.
El tema elusivo de los judíos en
la historiografía de posguerra en Polonia

Jan T. Gross

Guerra, genocidio y exterminio:
la guerra contra los judíos en una era de guerras mundiales

Michael Geyer

Tres relatos sobre nuestra humanidad.
La bomba atómica en la memoria japonesa y estadounidense

John W. Dower

Anatomía de una muerte: represión, derechos humanos y el caso de Alexandre Vannucchi Leme en el Brasil autoritario
Kenneth P. Serbin

La trayectoria de un historiador del tiempo presente, 1975-2000
Henry Rousso
Historia reciente
y responsabilidad social


Introducción

La experiencia de un historiador en la Comisión de Esclarecimiento Histórico de Guatemala
Arturo Taracena Arriola

La historia aplicada: perito en el caso Pinochet en la Audiencia
Nacional de España

Joan del Alcàzar

Dentro del silencio.
El Proyecto Conmemorativo de Ardoyne, el relato comunitario de la verdad y la transición posconflicto en Irlanda del Norte

Patricia Lundy y
Mark McGovern


“Sin la verdad de las mujeres la historia no estará completa”.
El reto de incorporar una perspectiva de género en la Comisión de la Verdad y Reconciliación del Perú

Julissa Mantilla Falcón


Cegados por la distancia social
El tema elusivo de los judíos en la historiografía de posguerra en Polonia

Jan T. Gross



Los años de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) se cuentan, sin exageración, entre los más trascendentales de la historia polaca. La guerra tuvo un enorme impacto en todas las sociedades europeas: produjo un nuevo mapa de Europa y un nuevo paradigma de la política continental. Pero el caso de Polonia fue único entre los países beligerantes debido a la escala de la devastación y los cataclismos vividos bajo la ocupación nazi y, desde septiembre de 1939 hasta junio de 1941, la ocupación soviética.

Como resultado de la guerra el país sufrió una catástrofe demográfica sin precedentes. Perdió a sus minorías: los judíos en el Holocausto y los ucranianos y alemanes a raíz de los cambios de fronteras y los movimientos de poblaciones luego del conflicto. Al término de éste, la tercera parte de sus residentes urbanos había desaparecido. Las elites polacas fueron barridas en todos los ámbitos. Varios millones de personas padecieron desplazamientos, tanto por la destrucción de sus hogares como por el trazado de nuevas fronteras. Alrededor de cuatro millones y medio de ciudadanos polacos perdieron la vida durante la guerra (incluyendo tres millones de judíos) y varios otros millones sufrieron la cárcel, el trabajo esclavo o la reubicación forzada. La escala de la devastación material puede compararse con la magnitud del trauma y la pérdida poblacional. Virtualmente todas las familias de Polonia fueron víctimas de una manera u otra, y muchas experimentaron pérdidas de proporciones catastróficas.

En medio de este desastre general, la experiencia de los judíos –a quienes los nazis pretendían eliminar por completo– fue particularmente trágica. La historiografía de posguerra de los países europeos no logró saldar las cuentas con las diversas formas de complicidad de la población local con los intentos nazis de llevar adelante la llamada “solución final”. En las páginas que siguen procuro explicar por qué podría haber sucedido de ese modo en Polonia.

Los judíos fueron un tema elusivo, y si bien su destino después de la guerra tenía sus raíces en la experiencia bélica, no resultaba claro cuál había sido ésta ni cómo describirla. En Polonia, todo el mundo sabía, mientras se desplegaba el Holocausto, que el exterminio de los judíos estaba en marcha, pero el conocimiento del mecanismo de destrucción era diferente en distintos estratos sociales y se inscribía en circunstancias y conceptos históricos –guerra, resistencia, ocupación, levantamientos– cargados de simbolismo. Las perspectivas se transformaron y cambiaron, y como consecuencia de ello la aniquilación de los judíos polacos nunca llegó a ser un relato autónomo. Siempre formó parte de otra cosa, refractado a través de conceptos y contextos que escapaban a observadores y comentaristas y obstaculizaban su capacidad de denominar con propiedad lo que habían visto y documentado efectivamente.

La reacción inicial de posguerra en lo concerniente a la representación del destino judío durante la guerra en Polonia consistió en fusionarla con la suerte corrida por el resto de los ciudadanos polacos. Tanto políticos como intelectuales hablaron de la devastación bélica. “Polonia tuvo seis millones de víctimas durante la guerra”, rezaba el comentario habitual. El país sufrió un destino ejemplar y horripilante a manos de los ocupantes alemanes, y cuando se contabilizaron las bajas de guerra hasta llegar a los seis millones de muertos (un incremento de alrededor del 25% con respecto a los números reales), la cifra se dividió a menudo por mitades, con la especificación de que tres millones eran judíos. De ese modo se estableció una equivalencia numérica de víctimas entre polacos y judíos y se reforzó aún más el mensaje de un destino común.

No debemos atribuir esta imagen unificada a un engaño deliberado. En cierto nivel, creo, transmitía un mensaje importante, noble y veraz sobre la guerra contra Hitler. Señalaba, por así decirlo, que todos eran uno. Tal es el significado exacto que leo, por ejemplo, en la primera página del primer número de Odrodzenie (“Renacimiento”), el semanario literario y político por antonomasia de la Polonia de posguerra, que comenzó a publicarse en septiembre de 1944 en Lublin, meses antes de la liberación de Varsovia y Cracovia.

Odrodzenie inicia su primer número con un obituario. La primera página de su historia está gráficamente diseñada como el anuncio de una muerte, klepsydra, que solemos encontrar en los muros de las iglesias o los cementerios. Dice así: “Hace ya cinco años que la nación polaca padece bajo la horrenda opresión alemana. La ciencia, la literatura y el arte de nuestro país han sufrido durante este lapso enormes e irreemplazables pérdidas”. Luego, en una sección titulada “Los asesinados por los alemanes y por los hitlerianos polacos y ucranianos”, se despliega una extensa lista de nombres, entre ellos los de Maurycy Allerhand, Marceli Handelsman, Emil Breiter, Tadeusz Hollender, Janusz Korczak, Bruno Schulz y Ostap Ortwin.1

Ésta es una declaración hecha en serio y con referencia a una categoría espiritual omnicomprensiva de la cultura polaca y, por inferencia, “la nación polaca”, a la cual Schulz, Ortwin, Handelsman o Korczak pertenecen de manera inequívoca. Noto el mismo sentimiento cuando Jan Nepomucen Miller, el principal colaborador del semanario centrista liberal Warszawa, escribe en su primera plana: “En esta guerra contra el hitlerismo, la sociedad polaca fue, proporcionalmente, la que sufrió las mayores pérdidas entre todas las naciones. Como resultado de la guerra dejó de existir la sexta parte de la población”.2 Tal vez consideremos conceptualmente torpe el párrafo (después de todo, en la Polonia multinacional anterior a la guerra los límites cívicos y étnicos de la polonidad no se superponían con exactitud, y no es conveniente utilizar “nación” y “sociedad” de manera indistinta), pero el mensaje es claro y auténtico y se conduele por igual por todos los muertos. Tal como lo expresó una gran especialista de la literatura polaca, Maria Janion, en sus recientes reflexiones sobre la historia de Polonia y sus raíces espirituales, son “nuestros muertos”.3



LA RETÓRICA DEL DISTANCIAMIENTO

La historia de la recepción del Holocausto comienza pronto en Polonia, mucho antes de la terminación de la guerra. Las matanzas masivas de judíos polacos, así como de los judíos residentes al este del país, se produjeron in situ, no sólo porque los campos de exterminio más conocidos estaban situados en Polonia, sino también porque en incontables pequeñas ciudades donde los judíos, en un número que oscilaba entre algunos cientos y algunos miles, quedaron confinados en sus barrios –en modo alguno amurallados y fuera de la vista de la población gentil–, un porcentaje significativo, a veces la mayoría, fueron asesinados allí mismo. En otras palabras: en el este, el Holocausto no se limitó a los interiores oscuros como boca de lobo de las cámaras de gas y los camiones cubiertos. Sucedió a plena luz del día y fue presenciado por millones de residentes locales.4

Surge de allí un contexto especial en el cual es preciso señalar la oportunidad y el proceso de toma de conciencia sobre el Holocausto en lo concerniente a Polonia. La sociedad polaca tenía un conocimiento contemporáneo del Holocausto; conocía los asesinatos masivos de judíos en el momento en que se producían. Así, cuando investigamos lo que se ha dicho sobre el Holocausto en ese país, y quiénes lo dijeron, debemos indagar cómo se documentó y expresó ese conocimiento. A diferencia de Francia, Holanda, los Estados Unidos y hasta Hungría, en Polonia (pero también en Rusia, Ucrania, Lituania, Letonia o Estonia) no hay misterios en cuanto a qué sabía la gente, y cuándo lo supo, acerca del exterminio de los judíos: lo supieron de inmediato, y conocieron prácticamente todo lo que podía conocerse.

Del mismo modo, los judíos polacos se enteraron relativamente pronto, ya durante la guerra, del carácter sin precedentes de la persecución nazi y procedieron a reunir documentación y pruebas históricas concernientes a su propia aniquilación. La más conocida de estas iniciativas es el Archivo Ringelblum, creado en el gueto de Varsovia. Pero hubo otros emprendimientos motivados por inquietudes similares, por ejemplo en los guetos de Bialystok, Wilno (la crónica recientemente publicada por Herman Kruk es un testimonio de ello) o Kovno.5

El calamitoso destino de los judíos polacos también está documentado en fuentes polacas no judías: memorias individuales, prensa ilegal, despachos oficiales de organizaciones clandestinas. Y es un enlace del movimiento clandestino polaco, Jan Karski, quien da a conocer –como parte de su misión oficial ante el gobierno polaco en el exilio y los aliados occidentales– las noticias y pruebas de la decisión nazi de destruir por completo la vida judía en los territorios ocupados.6 ¿Qué tipo de registro público del tratamiento de los judíos a lo largo de la ocupación queda en las fuentes polacas contemporáneas? Al decir “registro público” me refiero a documentos –ya pretendieran ser crónicas de hechos reales o comentarios– elaborados de manera intencional con vistas a una audiencia determinada, se tratara de lectores de la prensa clandestina o destinatarios de informes de organizaciones. La circulación de esas declaraciones y su recepción, así como la discusión que generaron, establecieron el estado de la conciencia pública polaca en lo relativo al destino de sus conciudadanos judíos.7

Las fuentes clandestinas polacas de la época de la guerra se refirieron a las políticas nazis contra los judíos –medidas discriminatorias especiales, confinamiento en guetos y, por último, el exterminio– de una manera puntual, pero con parquedad. Por lo general, las noticias respectivas se incluían en una sección especial y separada, dedicada al tratamiento de las “minorías nacionales”. No había nada fuera de lo común en ese modo de informar, seguidor de una arraigada rutina de la burocracia estatal que respetaba esas distinciones. Lo singular, sin embargo, dadas las circunstancias de una ocupación extranjera, era la ausencia de un marco civil global de referencia. Como consecuencia, el relato acerca de las experiencias polacas y judías bajo la ocupación se construyó a lo largo de dos caminos paralelos y con omisión de un denominador común de ciudadanía compartida. La relevancia del destino judío en la percepción de los informantes polacos radicaba en ejemplificar lo que los nazis –en un futuro no demasiado distante– harían con los propios polacos.8 En primer lugar se ocuparían de los judíos, y luego, de “nosotros”. En otras palabras, lo que hacían por entonces con los judíos, fuera lo que fuese, no nos lo hacían a “nosotros”. En líneas generales, la polonidad como categoría cívica estaba ausente en el modo de procesar, registrar y poner por escrito las experiencias de la guerra.

No emito un juicio de valor. Simplemente señalo una llamativa ausencia en el discurso público sobre los judíos en la época de la guerra. Por consiguiente, en esa retórica no había cabida para lo que encontramos en el período inmediato de la posguerra: la fusión habitual de las bajas polacas y judías. Antes, las víctimas judías no se contaban como “nuestros” muertos. Al margen de lo que tuvieran en mente, los informantes clandestinos sobre cuestiones judías no parecían escribir acerca del destino de ciudadanos polacos. En la prensa y los informes clandestinos, los judíos polacos eran presentados como “otros”. De alguna manera debían ser enemigos de la entidad política si su suerte era un ominoso presagio de lo que se preveía a continuación para “nosotros”.

No hace falta decir que los judíos polacos comprendían que en el corazón y la mente de sus vecinos su destino quedaba entre paréntesis como el apremio de un extranjero remoto. Ni siquiera es necesario buscar testimonios de judíos “hebreos” para demostrar este punto. Lo mismo era percibido con claridad y señalado con dolor por los polacos de origen judío plenamente asimilados.

En el primer número de otro gran semanario político literario de la posguerra, Kuznica (1º de junio de 1945), encontramos el bello y perturbador texto de un escritor judío polaco, Adolf Rudnicki, titulado “Dzienniki” (“Diarios”). Más adelante se lo reproduciría en su volumen Zywe i martwe morze (“Mar vivo y muerto”), pero como una “novela corta” titulada “Pascua”, y con importantes cambios y supresiones. Rudnicki estaba en Varsovia y fuera del gueto cuando se inició el levantamiento el 19 de abril de 1943, y el espectáculo de los espectadores bien dispuestos, en torno de las unidades de SS que disparaban contra los judíos desde el lado “ario” del muro, le quedó grabado en la mente. En su texto presenta la aterradora imagen de los

artilleros [alemanes que] en las calles Krasinskich y Bonifraterska cargaban y disparaban en medio de una multitud que los aprobaba. Los niños señalaban a los enemigos tomándolos de las mangas. Las mujeres seguían con la mirada las audaces carreras de los hombres de la SS hacia los muros. Contemplábamos todo eso con incredulidad. Era demasiado doloroso.9
“Esa cruel fraternidad duró un día”, escribe Rudnicki. Luego los civiles polacos ya no pudieron acercarse a las posiciones militares alemanas, dado que desde los edificios circundantes comenzó a dispararse contra los SS. No obstante, y mientras duró el combate, una multitud de espectadores se reunió más allá de los muros. En un momento, Rudnicki tropezó allí con una joven bañada en lágrimas. Discretamente, trató de calmarla. Si alguien advertía que era judía, la muchacha correría un peligro mortal, “y en esa multitud que nos rodeaba –escribe el autor con tristeza– así como en la ciudad en general, teníamos más enemigos que amigos”.10 La descripción que hace Czeslaw Milosz del carrusel debajo de los muros del gueto en su famoso poema “Campo dei fiori” capta el mismo momento y el mismo ánimo de los espectadores.11

Otro gran poeta (judío) polaco, Mieczyslaw Jastrun, que enseñaba en la red de escuelas clandestinas, describió las reacciones frente al levantamiento del gueto de Varsovia entre estudiantes secundarios de Zoliborz (un barrio de la intelligentsia progresista varsoviana) y Praga (un barrio de clase baja). “La mayoría de los jóvenes de Zoliborz”, escribe, respondieron al

último acto de la tragedia de los judíos polacos con comprensión y sensibilidad. Pero los jóvenes secundarios de la escuela clandestina de Praga no hicieron más que contarse unos a otros chistes sobre lo que sucedía detrás de los muros [bawila sie po prostu dowcipami na temat wypadkow za murem].12
En el artículo “Potega ciemnoty”, que desencadenó el primer debate de largo alcance de la posguerra sobre el antisemitismo polaco, Jastrun mencionaba una escena que había presenciado en la época, cuando

jóvenes oficinistas que habían salido a montones a la terraza de uno de los edificios más grandes de Zoliborz para observar desde allí la destrucción del gueto –era durante los primeros días del levantamiento de los judíos varsovianos [abril de 1943]– gritaban con entusiasmo en el aire de primavera estremecido por las detonaciones e impregnado de olor a humo: “Vengan a ver cómo fríen las chuletas de los judíos”.13
La expresión sobre los judíos convertidos en chuletas debe haber sido una frase habitual en las calles de Varsovia de la época. Fanka Gaerber fue entrevistada para el Yale Fortunoff Archive for Holocaust Testimonies el 20 de abril de 1983, fecha coincidente con el cuadragésimo aniversario del Levantamiento del Gueto de Varsovia. En la primavera de 1943 estaba escondida con una identidad falsa en Milanowek, un suburbio de la capital. “Yo era la encargada de ir a la ciudad a buscar comida”, dijo a su entrevistador,

y al entrar a ella me enteré [del levantamiento] en el autobús y el tren. La ropa que llevaba me hacía parecer vieja y nada llamativa. Frente a mí había una pareja joven; el hombre preguntó a la mujer si sabía lo que estaba pasando. Ella contestó: “Los quemaron vivos, al menos los piojos y las chinches van a arder con ellos”. Sentí ganas de matarla. Había otras chicas que decían “vamos al gueto a ver cómo hacen chuletas de los judíos”. Para ellas era una diversión.14
Una voz similar nos llega desde Inglaterra. En una carta enviada a su padre el 5 de diciembre de 1943, Rys Bychowski,15 piloto de la Real Fuerza Aérea muerto en combate durante la guerra, se refiere al distanciamiento de los judíos en medio de sus vecinos polacos. Volveremos a encontrar la misma mezcla de completa desesperación y sorpresa en voces procedentes de los medios de la intelligentsia luego del pogromo de Kielce en 1946.16 Bychowski escribe:

Sé que es difícil erradicar en poco tiempo veinte años17 de propaganda antisemita, pero creía que aun cuando la guerra contra Hitler y la miseria compartida no lo hicieran, la abrumadora tragedia de los judíos en los años 1942 y 1943 produciría una revolución en la mentalidad polaca. Vanas esperanzas […]

Hoy, luego de un año de matanzas sistemáticas en la capital y las provincias, la comunidad judía de Polonia ha dejado concretamente de existir. ¿Cuál fue la reacción de la nación polaca frente a este crimen sin precedentes cometido por el enemigo común? Mis camaradas de la fuerza aérea y el ejército no se interesaron o bien se mostraron francamente contentos con ello. Durante varias semanas observé a algunos jóvenes sonreír con desdén ante los titulares del Dziennik Polski [“Diario polaco”] que informaban de las matanzas de los judíos. No querían comprar el Dziennik porque siempre hablaba de los judíos […].

Me consolé con la idea de que en la patria era diferente […]. Pero ahora me doy cuenta de que los judíos iban a la muerte rodeados sólo por insensibilidad, desprecio porque no peleaban y satisfacción por “no ser nosotros” […]. Los judíos no podían escapar en masa porque no tenían dónde ir. Del otro lado de los muros del gueto había un estado ajeno y también una población ajena; tal es, me temo, la horrible verdad […]. Estoy casi seguro de que no volveré a Polonia. No quiero ser nunca más un ciudadano de segunda clase ni que mi hijo sea discriminado. Pero tengo miedo, sobre todo, de conocer toda la verdad sobre la reacción de la sociedad polaca ante el Holocausto de los judíos. No podría vivir, hablar o trabajar con personas que fueron indiferentes a su aniquilación, se mudaron a sus apartamentos y chantajearon o denunciaron a los escasos supervivientes.18
Este relato del distanciamiento de tiempos de guerra entre judíos y polacos –y podríamos citar muchos otros pasajes para ilustrar la cuestión–19 dejó una duradera impresión en la intelligentsia polaca. Hace poco encontré un eco conmovedor en un breve artículo, “La sombra maligna del muro”, escrito por Halina Bortnowska para el sexagésimo aniversario del levantamiento del gueto, en 2003, y publicado en Gazeta Wyborcza en vísperas de éste.

Recuerdo dos cosas, no de los libros o de las historias contadas, sino a la manera como recordamos una pesadilla recurrente. Primavera, luz del sol, nubes de abril, y cae en remolinos una nieve negra, oscura e imponente, copos de hollín. “Es del gueto”, dice mi madre, y barre esta nieve negra del antepecho de la ventana, de la cara, de los ojos. Desde luego, uno podía oír durante el día, y sobre todo a la noche, explosiones y tiroteos distantes. No era infrecuente en la Varsovia de esa época, pero siempre daba miedo. “No es nada, es en el gueto”.

“En el gueto” significaba entonces “no aquí”, no donde estábamos nosotros; ese fuego no llegará aquí, no abrasará mi calle, mi patio. […] ¿Soy la única que todavía recuerda esa frase, “no es nada, es en el gueto”? Solíamos decírnosla unos a otros así como así, en un tono de explicación consoladora, como soldados que se tranquilizaran mutuamente por una alarma que no es para ellos.

Pero hoy esa distancia me avergüenza. Veo en ella la sombra maligna del muro tendida sobre nuestra alma. Es como si los perpetradores del Holocausto de Varsovia hubiesen logrado desalojar a los judíos del reino de la solidaridad humana; como si hubieran conseguido sacarnos del terreno donde podíamos vivirla. ¿Qué sentí mientras la nieve negra caía? Nada. ¿Nada, en verdad?20

Bortnowska llora a sus conciudadanos judíos y deplora la insensibilidad de su medio con la perspectiva que le dan las seis décadas transcurridas. El hecho de que una integrante de la intelligentsia católica, liberal y amplia de miras,21 exponga esos sentimientos da ominoso crédito a una evaluación hecha en la época por un dirigente clandestino que se contaba entre los mejor informados durante la guerra y estaba en condiciones de conocer la situación de la opinión pública en el conjunto de la sociedad.

En un conocido despacho enviado al gobierno en el exilio en Londres, fechado el 25 de septiembre de 1941, el comandante del Ejército Interior clandestino, general Rowecki, formuló la cuestión de la siguiente manera:

Informo que todas las decisiones y declaraciones del gobierno [en Londres] y los miembros del Consejo Nacional acerca de los judíos en Polonia suscitan la peor impresión posible en el país. Facilitan, en verdad, una propaganda antigubernamental poco amistosa y hasta enemiga. Esto vale para el “Día de los Judíos” [Dzien Zydostwa, una conferencia oficial celebrada en Londres y a la que asistieron miembros del gobierno y el Consejo Nacional], el discurso de Schwartzbard [un sionista moderado que actuaba como representante judío en el Consejo Nacional], la designación de Lieberman [un conocido abogado polaco de origen judío, nombrado ministro de Justicia en Londres] y los saludos oficiales [publicados y transmitidos por radio a la Polonia ocupada] en oportunidad del Año Nuevo judío. Les ruego que acepten como un hecho que la abrumadora mayoría del país es antisemita. Los socialistas no son una excepción. Sólo hay diferencias en materia de tácticas. Casi nadie aconseja emular los métodos alemanes. Estos métodos generaban sentimientos de compasión, menos intensos luego de la unificación de las dos ocupaciones [esto es, tras la invasión alemana de Rusia] y de que la gente conociera el comportamiento judío en el Este.22
Y Rowecki, a quien no cabía en modo alguno imaginar como antisemita, concluía con la siguiente frase: “Desconozco las razones que impulsan al gobierno a tomar tales medidas, pero aquí, en la patria, éstas provocan una rápida disminución de su popularidad”.23

Rowecki no era un político, no hablaba en nombre de un programa partidario y no sostenía un argumento ideológico. Muy respetado, carente de prejuicios, moderado en sus opiniones personales, era un servidor público muy bien informado y dedicado que aconsejaba a su gobierno en asuntos de interés público. Y a su juicio el gobierno debía evitar cualquier cosa que pudiera interpretarse como una defensa de los judíos.



UNA ADVERTENCIA

Así, hacia el segundo año de la guerra, aun los tímidos esfuerzos institucionales por inscribir la propaganda patriótica en un marco cívico –en el cual polacos y judíos, como conciudadanos, recibieran igual tratamiento– cayeron en saco roto. Fue nada menos que Jan Karski quien advirtió que los ocupantes nazis sacaban ventajas de las rencillas entre polacos y judíos en el suelo natal, y que el gobierno polaco en el exilio debía considerar esta situación como un problema de la mayor importancia. Karski se mostraba presciente en su informe sobre “el problema judío en Polonia bajo las ocupaciones”.24 Exponía sus observaciones al gobierno en el exilio mientras éste todavía se encontraba en Francia, país al cual Karski llegó como uno de los primeros enlaces del movimiento clandestino polaco durante el invierno inicial de la guerra (1939-1940).

Las políticas nazis con respecto a los judíos encontraban apoyo en “un vasto sector de la sociedad polaca”, advertía. A pesar de todo el odio que los ocupantes germanos despertaban en Polonia, “esta cuestión constituye una especie de puente angosto donde los alemanes y una gran parte de la sociedad polaca se reúnen en armonía”. Tales circunstancias, proseguía,

pueden derivar en la desmoralización de amplios estratos de la sociedad polaca, lo cual generará muchas dificultades a las autoridades futuras del estado polaco cuando deban emprender su ardua reconstrucción.
“La adopción de una actitud neutral hacia este estado de cosas”, escribía en la sección final, titulada “Conclusiones”, podría provocar

la desmoralización de la sociedad polaca (sobre todo de sus capas inferiores) y todos los peligros resultantes de una concordancia [las bastardillas son del autor: szczerej “zgodnosci”] sólo parcial, tal vez, pero en muchos casos sincera entre el ocupante y una gran parte de los polacos.25
Todos estos párrafos, así como las conclusiones de Karski, fueron suprimidos por sus superiores. Se le ordenó reescribirlos de una manera tal que encubrieran la intensidad del antagonismo entre polacos y judíos antes de que el informe se tradujera al inglés y el francés, a fin de que los gobiernos aliados no se enteraran de la verdad.26 Es dudoso que los aliados cayeran en este engaño, pero puede decirse con toda certeza que las recomendaciones de Karski fueron ignoradas por el gobierno polaco. Su aceptación, en efecto, habría exigido tomar una serie de medidas políticas enérgicas y preventivas, contrarias a los sentimientos predominantes en el público polaco. Después de todo, hasta los gestos más tímidos –las salutaciones oficiales en oportunidad del Año Nuevo judío– generaban, como acabamos de verlo, rechazo en la propia Polonia.

Lentamente comenzó a surgir algo parecido a un consenso en lo concerniente a la razón de estado polaca en asuntos judíos. En el “Informe de situación” correspondiente al período transcurrido entre el 15 de noviembre de 1941 y el 1º de junio de 1942 (es decir, en medio de la fase más sangrienta de las matanzas nazis de judíos), la Oficina de Información y Propaganda del Ejército Interior (componente clave de un vasto movimiento de resistencia antinazi establecido durante la ocupación alemana de Polonia) evaluaba de este modo la actitud de la sociedad polaca hacia las “minorías nacionales” (Nastroje spoleczenstwa. Stosunek do mniejszosci narodowych): “La brutalidad contra los judíos suscita compasión y condena de los métodos hitlerianos. Las actitudes antisemitas comienzan a ser menos violentas [mniej gwaltowne]. Pero el deseo de una rápida solución de la cuestión judía después de la guerra –por medio de una emigración voluntaria u obligatoria de las masas judías– es universal”.27 Entre otros factores, continuaba el informe, se plantea la cuestión de los bienes judíos abandonados. Debemos leer esta declaración con una actitud de realismo sociológico: el vacío social creado como resultado de las medidas antijudías y las matanzas masivas fue ocupado por una amplia capa de la sociedad polaca que experimentó un proceso de movilidad social. Este gran grupo de beneficiarios, cuyas circunstancias y perspectivas materiales mejoraron de manera significativa en dicho proceso, no tenía intenciones de renunciar a sus bienes o empleos recién adquiridos.

Así, con estas salvedades en mente –y si se recuerda además que había gente como Jan Karski y todo el medio del Zegota (Consejo de Ayuda a los Judíos), que hicieron de la asistencia a los judíos y de una respuesta compasiva a su tragedia por parte de los polacos no judíos el centro de sus actividades y preocupaciones–,28 debe reconocerse que la catástrofe sufrida por la comunidad judía polaca no se contaba entre las principales inquietudes de las instituciones que, en conjunto, constituyeron el vasto y singular fenómeno conocido como estado Clandestino Polaco (Polskie Panstwo Podziemne). Cualesquiera fueran las razones –y había muchas–, la suerte corrida por los judíos polacos no suscitó un esfuerzo especial por parte del estado polaco (en el exilio o clandestino), y éste tampoco movilizó sus recursos en defensa de una categoría cuantitativamente grande de conciudadanos que enfrentaban una emergencia única de proporciones cada vez más catastróficas. Bajo la doble ocupación soviética y nazi, la sociedad política padeció muchos golpes desastrosos y necesitaba el respaldo y no la censura de sus autoridades en Londres y en la clandestinidad, razón por la cual las advertencias de Karski fueron desatendidas (era preciso, además, presentar a los aliados una imagen de la sociedad polaca no manchada por el antisemitismo).



UN TERRENO COMÚN OLVIDADO

Como antes sostuve, el objetivo básico alemán –la erradicación total de la vida judía– resultó evidente para los testigos polacos del Holocausto tan pronto como los nazis comenzaron a implementarlo. La prensa clandestina y los informes de diversas organizaciones lo registraron debidamente. Sin embargo, los informantes sólo prestaron escasa atención al tipo de interacción que se producía entre los judíos y sus vecinos polacos en distintas etapas del proceso. Esa interacción, empero, era de crucial importancia en la experiencia judía. Cuando la población judía quedó confinada en guetos especialmente designados, los cambios forzados de residencia generaron muchas de esas interacciones, tal como más adelante lo hizo, por definición, la vida en el llamado “lado ario”. Las influencias recíprocas comenzaron en el momento mismo de la “reubicación” final, las Aktionen, acompañadas por el saqueo masivo de los bienes dejados por los judíos, de los que se apoderó la población circundante: otra interacción. Las notables memorias del director del hospital de Szczebrzeszyn, el doctor Zygmunt Klukowski, incluyen un cruel relato del papel desempeñado en esa oportunidad por campesinos de la región de Zamosc.29 Se dio, por último, el tipo de interacción que impulsó a residentes locales a cometer asesinatos (como ocurrió en Jedwabne, por ejemplo),30 aún menos visible en los relatos públicos del Holocausto hechos por fuentes polacas durante la guerra.

El destino de la comunidad judía polaca en 1941 e inmediatamente después estaba sellado, al margen de las actitudes adoptadas con respecto a este grupo de ciudadanos polacos por sus vecinos o la magnitud de la ayuda brindada por las autoridades clandestinas. Pero la cantidad de judíos supervivientes en cada comunidad y la eliminación sucesiva de cada una de éstas dependía en gran medida de las circunstancias locales y las actitudes de la población circundante. Hablamos de centenas, miles, decenas de miles y posiblemente hasta de centenas de miles de vidas humanas que podrían haberse salvado. En un asombroso pasaje de Ordinary Men,31 Christopher Browning se refiere a la visión que los perpetradores alemanes tenían del papel desempeñado por las poblaciones polacas en el encierro y la matanza de los judíos locales en una sola aldea. Este único ejemplo permite calibrar el impacto devastador que la complicidad de la población local con los asesinos nazis tuvo sobre el destino de los judíos que intentaban ocultarse. En Jozefow,

los polacos ayudaron a sacar a los judíos de sus viviendas y revelaron la existencia de escondites en refugios construidos en jardines o detrás de paredes falsas. A lo largo de toda la tarde, aun después de que los alemanes pusieran fin a la búsqueda, los polacos siguieron llevando a judíos al mercado. Entraban en sus casas y comenzaban a saquearlas mientras se desalojaba a sus moradores; una vez terminados los fusilamientos, despojaron a los cadáveres. […] Prácticamente ningún relato de las “cacerías de judíos” [Judenjagd] omitía el hecho de que la ubicación de la mayor parte de los escondites y refugios fue revelada por “agentes”, “informantes”, “exploradores forestales” y airados campesinos polacos. Pero las palabras elegidas por los policías denotaban algo más que mera información sobre el comportamiento polaco. Una y otra vez esos policías utilizaron la palabra “traicionados” […]. Los judíos se habían camuflado muy bien en el bosque, en refugios subterráneos u otros escondites, y nunca se los habría descubierto si no hubieran sido traicionados por la población civil polaca.32
La participación de residentes del lugar en la búsqueda –o la cacería, por decirlo así– de judíos ocultos fue un fenómeno ubicuo. Mientras los policías alemanes citados por Browning revelaban con satisfacción pagada de sí misma la connivencia con los polacos, las fuentes polacas –el doctor Klukowski, por ejemplo– la señalaron con horror y abominación, tal como lo hicieron muchos supervivientes judíos.33 La historiografía polaca del período bélico, poco interesada en el tema del Holocausto,34 mantuvo un silencio casi absoluto sobre tales cuestiones. Y procuró neutralizar el problema mostrando episodios similares como la acción aislada de individuos desviados o marginales sociales. Pero la cuestión no desaparecería, y pruebas que no podían limitarse a la categoría de “acciones aisladas” siguieron asomando a la superficie.

Uno de los problemas pendientes luego de terminar Neighbors era imaginarme cómo habían podido los historiadores del período de la guerra omitir durante tanto tiempo la historia de la masacre de Jedwabne. La publicación de dos volúmenes de artículos y documentos bajo la dirección del Instituto de la Memoria Nacional, como resultado de la investigación oficial sobre los asesinatos perpetrados en esa localidad, hace opinable la cuestión.35 ¡Lo cierto es que Jedwabne no fue sino un episodio en una oleada de matanzas de dos o tres meses de duración, en cuyo transcurso los vecinos polacos asesinaron a los judíos del lugar en alrededor de dos docenas de aldeas de la región de Podlasie! Nada de esto se había incorporado a la historiografía del período. A decir verdad, apenas había sido registrado por las fuentes contemporáneas, como no fuera de pasada y de la manera más general. Surge entonces una cuestión más importante: ¿cómo fue posible que semejante ola de crímenes contra ciudadanos polacos, cometidos a lo largo de un extenso período por muchos otros ciudadanos polacos, no llegara a oídos de las autoridades clandestinas dedicadas a la tarea de combatir los efectos nefastos y desmoralizadores de la ocupación nazi?

El interrogante es aún más importante porque nos pone frente a una duda epistemológica: ¿qué otras cosas faltan en la versión con que contamos? ¿Cuántos conocimientos pueden aportarnos las fuentes polacas en general acerca del destino de los judíos de esa nacionalidad durante la guerra? La oleada de matanzas producidas en el verano de 1941 en Podlasie es un buen caso testigo para reflexionar sobre la materia: fue demasiado sangrienta, duró demasiado y abarcó un territorio demasiado amplio para haber sido pasada por alto de manera accidental. De hecho, no se la pasó por alto en absoluto: el movimiento clandestino la describió con precisión. Las fuentes clandestinas que la mencionaron están ventajosamente reunidas en los volúmenes de Wokol Jedwabnego. Pero la información recogida fue inmediatamente ignorada y, por lo tanto, nunca entró a la historiografía del período. Consideremos qué nos revelan esas fuentes y cómo se produjeron, a fin de entender por qué el tema permaneció oculto durante medio siglo.

En el segundo volumen de Wokol Jedwabnego, una sección titulada “Documentos del estado Clandestino Polaco sobre la situación en la región de Bialystok luego del 22 de junio de 1942” contiene informes acerca de las matanzas de judíos de Podlasie efectuadas por sus vecinos.36 Esos informes proceden de tres fuentes institucionales: el Departamento de Prensa e Información de la Oficina del Delegado Plenipotenciario del Gobierno (Delegatura Rzadu), la Oficina de Información y Propaganda (OIP) del Comando Supremo del Ejército Interior (AK) y la Oficina Histórica Militar del AK.37 Además, el volumen incluye extractos de despachos que el general Grot-Rowecki (comandante en jefe del Ejército Interior) envió a Londres, así como los informes elaborados por oficiales del Ejército que visitaron la zona y comunicaron lo visto a sus superiores. Excepto los oficiales cuya identidad no podemos confirmar (y cuyas actitudes, en consecuencia, no estamos en condiciones de evaluar), ninguno de los autores de dichos informes puede ser sospechado de una tendencia antijudía.38 En rigor, era exactamente al revés. Dada la merecida reputación de la OIP como ámbito liberal, de inclinaciones izquierdistas y sin prejuicios que publicaba el Biuletyn Informacyjny,39 podemos tener la seguridad de que, fuera cual fuese, el contenido de los textos de esta publicación no puede atribuirse a tendencias personales o institucionales antijudías que hubieran dado forma a la opinión de los autores.

Su tratamiento del tema o la omisión de éste son particularmente reveladores. Nos muestran algo mucho más interesante que las distorsiones deliberadas y prejuiciosas de los antisemitas. Se trataba de informes de unidades clandestinas obligadas a mantener a sus superiores plenamente informados; sabemos, además, que las personas que los escribían no eran prejuiciosas y, por lo tanto, susceptibles de pasar por alto las manifestaciones de antisemitismo. También sabemos que eran muy capaces, si juzgamos por la ulterior trayectoria académica y profesional de quienes sobrevivieron a la guerra. En síntesis, lo que leemos más adelante es todo lo que era posible registrar acerca de los acontecimientos que se desarrollaban en la época; en esos textos comprobamos hasta qué punto los informantes clandestinos estaban en condiciones de obtener información sobre la complicidad de los polacos en la eliminación de sus vecinos judíos. Es inevitable concluir, en consecuencia, que los elementos considerados tan sorprendentes por la opinión pública polaca sesenta años después de la guerra –la información sobre los asesinatos de judíos polacos cometidos por sus vecinos católicos– estaban fuera del cuadro durante el conflicto. No podían ser objeto de una aguda captación por observadores bien intencionados e inteligentes que se esforzaban por informar lo mejor posible acerca de la condición de la sociedad polaca bajo la ocupación.



LOS DOCUMENTOS SOBRE EL ASESINATO DE JUDÍOS POLACOS EN PODLASIE

Inmediatamente después del lanzamiento de la ofensiva de Hitler contra la Unión Soviética (22 de junio de 1941), los mandos del AK recibieron información sobre ataques polacos contra los judíos en las zonas conquistadas por los alemanes en su avance hacia el territorio soviético. “Las primeras noticias de los territorios conquistados –escribe Rowecki en un despacho a Londres fechado el 4 de julio de 1941– revelan una simpatía instintiva [odruchowa sympatia] hacia los liberadores de la opresión bolchevique, en la cual los judíos tuvieron amplia participación. En Brzesc, los polacos liberados de la cárcel organizaron un pogromo contra los judíos”.40 En el bisemanario “Anexo sobre el terror” correspondiente a la primera quincena de julio y preparado por la Oficina Histórica Militar del AK, la información es más extensa: “En varias ciudades (Brzesc, Lomza, Bialystok, Grodno), la población polaca local realizó pogromos y hasta masacres de judíos [dokonala pogromow czy nawet rzezi Zydow ludnosc miejscowa polska], por desdicha en combinación con soldados alemanes”.41 “Los alemanes fueron saludados como salvadores”, informa el número bisemanal del “Anexo sobre el terror” de la primera quincena de agosto.42

Un extenso informe de un oficial del Ejército Interior que a principios de septiembre de 1941 recorrió Zareby Koscielne, Czyzew, Wysokie Mazowieckie, Bialystok, Sokolka, Grodno y Druskienniki confirma el diagnóstico anterior:

Los polacos de esta zona ven a los alemanes como salvadores y en todas partes recibieron a las tropas de manera casi entusiasta, con flores, a veces con arcos triunfales, y se ofrecieron voluntariamente a colaborar. Así sucedió con todo el mundo, cualquiera fuera su clase social. Los alemanes aceptaron con avidez el ofrecimiento. […] La enemistad de los polacos con los judíos es tan fuerte [debido a la previa colaboración de estos últimos con los soviéticos, explica el autor] que la población local no imagina la posibilidad de que en el futuro se restablezcan unas relaciones normales con ellos. […] Permítanme contar un interesante episodio que observé en la carretera entre Czyzew y Zareby Koscielne. No vi judíos en Czyzew, y al regresar me dijeron que los habían enviado a todos a Zareby Koscielne. En el camino a esta localidad vi algunos carros con judíos que se dirigían a Czyzew. En Zareby también vi a unos pocos judíos del lugar que se preparaban para presentarse en Czyzew a las ocho de la mañana siguiente. La mayoría ya se había marchado el día anterior. No había un solo judío de Czyzew en la población. De alguna manera, en los 12 kilómetros que separan ambas localidades los judíos están desapareciendo [Zydzi gdzies po drodze wsiakli]. A lo largo del camino hay grandes barrancos y lagunas, y los campesinos dicen que allí hay que buscarlos. Este operativo de reubicación está a cargo de la Gestapo de Malkinia.43
El misterio de la desaparición de los judíos se disipa de manera oportuna en la nota al pie número 6 de este documento, que remite al lector escrupuloso a las páginas 370 a 374 del mismo volumen. Allí encontramos horripilantes relatos hechos por judíos supervivientes, que detallan la oleada de matanzas ocurridas en ambas ciudades entre fines de agosto y principios de septiembre (es decir, inmediatamente antes de la visita del mencionado oficial del AK a la zona) y llevadas a cabo por los alemanes y la “policía” polaca local.

Un informe de inteligencia del AK, fechado el 12 de septiembre de 1941, afirma que

en las ciudades más pequeñas de la zona sólo hay una Hilfspolizei, constituida por ex policías polacos y residentes polacos y bielorrusos del lugar. […] Los ayuntamientos están principalmente a cargo de los polacos.
En tanto otro informe del 15 de septiembre revela que el Generalgouvernement también recluta polacos para desempeñarse en formaciones policiales en el este. Y así sigue.44 Los ataques contra los judíos son confirmados por informes regulares del delegado plenipotenciario del gobierno (“algunos muy grandes se produjeron en los condados de Lomza, Szczuczyn, Augustow y Bialystok”), lo mismo que la colaboración en el plano local (“en estos momentos, casi todos los puestos administrativos, con excepción de los cargos principales ocupados por los alemanes, están en manos polacas”).45 Una nota de la OIP, de fines de septiembre, alude a actos de “venganza [cometidos por] la población local” contra los judíos a causa de su anterior colaboración con los soviéticos; aclara que si bien

no hubo excesos masivos en territorio polaco y bielorruso, en las zonas habitadas por ucranianos, y sobre todo en las que están bajo administración lituana, fueron espantosos y de enorme magnitud [przybraly one ogromne rozmiary i potworny character]”.46
En el boletín de “Información actual” número 18, del 23 de octubre de 1941, encontramos una descripción sumaria del terror antijudío en Wilno:

Los lituanos son unos carniceros. Su crueldad con los indefensos supera la más enfebrecida imaginación. No hay en Wilno un solo polaco que pueda hablar de esos asesinatos sin asco. […] Más allá de la animosidad polaca contra los lituanos, predominan los sentimientos de desprecio y rechazo por su crueldad hacia los judíos. La gente dice que no habrá ninguna fraternización con esa nación de asesinos.


LOS LÍMITES DE LA COMPRENSIÓN

Estos informes y despachos ponen al descubierto dos fenómenos de gran significación: que la población recibió con entusiasmo a los “liberadores” alemanes y colaboró con ellos, y que participó en las matanzas masivas de judíos. Ambos hechos se mencionan pero no son objeto de seguimientos ni comentarios, aunque puedan afectar funciones consideradas primordiales por el estado clandestino, a saber, la resistencia al ocupante y la preservación de los recursos societales (incluyendo las vidas humanas y el orden social) a lo largo de la ocupación.

Las matanzas de judíos cometidas por polacos y la colaboración de éstos con la administración alemana se señalan en forma desapasionada y como si fueran episodios individuales aislados. Uno se pregunta si nuestras sensibilidades son tan diferentes de las que tenía la generación de la guerra. Después de todo, la historia de la masacre de Jedwabne generó una conmoción en Polonia cuando se hizo pública. Estoy seguro de que la historia largamente ignorada de la colaboración polaca con los “liberadores” alemanes tras el ataque de Hitler a la Unión Soviética –aunque fuera en el mero nivel de la administración local, dentro de un territorio limitado y con el debilitamiento del franco entusiasmo inicial de la población al cabo de algunas semanas–, cuando por fin se escriba, también suscitará un furioso debate entre el público en general.47

¿Por qué la información sobre los judíos asesinados no fue objeto de un adecuado reconocimiento en la época? ¿Por qué no despertó la alarma de los informantes clandestinos como el síntoma de un dramático derrumbe de la solidaridad social bajo el doble impacto de la ocupación nazi y soviética? En parte, como vimos antes, porque la experiencia judía se puso entre paréntesis y se omitió considerarla al narrar la historia de la “sociedad polaca bajo la ocupación alemana”.48 Ese relato seguía una versión convencional ya explicitada en fuentes clandestinas, en virtud de la cual un tercio de la ciudadanía polaca de la preguerra (todas las llamadas “minorías nacionales”) quedaba fuera de la historia. Y durante los siguientes cincuenta años persistió el filtro impuesto a ellos por los historiadores. De igual modo, las matanzas de judíos cometidas por sus vecinos polacos o, para el caso, la complicidad de la población local con el aparato administrativo alemán, no se ajustaban al relato heroico dominante de la experiencia polaca bajo la ocupación nazi. A su turno, esto contribuyó a borrar a los judíos de la versión convencional.

Creo, sin embargo, que había otra razón por la cual las masacres de los judíos perpetradas por sus vecinos polacos no recibieron el reconocimiento correspondiente en la época, y permanecieron en lo sucesivo ignoradas en la tendencia historiográfica preponderante. La omisión fue el fruto de la miopía producida por la existencia de residuos arcaicos y casi feudales en la estructura social y la perspectiva mental prevalecientes en la sociedad polaca de esos días. Yo lo llamaría el fenómeno “piso de arriba-piso de abajo”, como una manera de señalar la profunda conciencia de las jerarquías vigente en la sociedad polaca, cuyos estratos educados expresaban un desprecio casi igual hacia los campesinos (o, en general, la gente del común) y los judíos.

En 2003 se publicó en Polonia un libro muy importante, cuyo título puede traducirse como “El vuelo interrumpido: la generación de la mayoría de edad y la intelligentsia de la posguerra a la luz de cartas y diarios de los años 1945-1948”.49 Mediante la aplicación de un sofisticado y elegante análisis textual, una de las principales sociólogas polacas, Hanna Swida-Zieba, esboza en ese volumen un retrato intelectual y ético de su propia cohorte, los adolescentes bajo la ocupación alemana. Esta generación de la intelligentsia polaca asistió al sistema escolar clandestino (el Generalgouvernement alemán había clausurado las escuelas) y egresó de la enseñanza secundaria justo después de la guerra. La autora dedica el libro a sus compañeros de clase de Lodz que recibieron el diploma secundario en 1948.

Este grupo, según Swida-Zieba, representó la última generación de la intelligentsia polaca aún impregnada de los valores tradicionales y la perspectiva mental de su estrato. La época de la guerra, sostiene, condujo a la idealización del viejo sistema de valores, y sólo después de 1948, con los cambios producidos en la organización de las escuelas, así como en el personal y los programas de enseñanza, “se rompió la continuidad del proceso de socialización. […] Cuando yo era joven”, escribe Swida-Zieba,

tenía la impresión de que asimilaba las experiencias de vida con una sensibilidad similar a la de mis padres, y no a la de mis estudiantes o de una hermana que tenía nueve años menos. Así, nuestra generación puede considerarse como “la última de la fila” [“ostatnia w szeregu”].50
Esta frase, de resonancias dramáticas en polaco, evoca el último eslabón de una larga cadena. Al mismo tiempo, hace referencia al deber y la disciplina, dado que “la fila” suscita la imagen de soldados en posición de firmes y dispuestos a sacrificar su vida si es necesario. A decir verdad, el ethos mismo de la intelligentsia, tal como Swida-Zieba nos lo recuerda, era el de noblesse oblige.

Los jóvenes pertenecientes a la intelligentsia aprendieron con rapidez que vivían en una sociedad jerárquica. […] En la cima de esta jerarquía estaba la “gente bien educada” [“ludzie dobrze wychowani”]; en otras palabras, la intelligentsia.51
De un inteligent se esperaba que adquiriera un repertorio de usos y una educación apropiados y construyera una personalidad apta para llevar a cabo la misión más importante de la intelligentsia, enraizada en el ethos tradicional de la gente bien educada y pulida por la gran literatura romántica polaca. Se suponía que el miembro de la intelligentsia sería “un repositorio de valores supremos, la idea de Polonia y ‘el espíritu del idealismo’”.52 Un inteligent tenía un agudo sentido de pertenencía a un medio social distinto, mejor y superior y no debía comportarse en el ámbito público y privado como un “palurdo” (ktos o okreslonych walorach charakteru, swiadczacych o tym, ze nie jest ‘chamem’”). “No te portes como un palurdo” (“nie zachowuj sie jak cham”), “recuerda que eres hijo de una buena familia” (“pamietaj, ze jestes dzieckiem z dobrej rodziny”): estos vigorosos mandatos transmitían al mismo tiempo el mensaje de noblesse oblige y de estratificación social.53 Swida-Zieba señala:

La noción de “estrato superior” evoca naturalmente el concepto de un “estrato inferior”. […] El mundo al margen de la intelligentsia se incluía en una categoría conceptual diferente, la de la “gente del común” [lud].54 El concepto de “gente del común” englobaba a quienes no eran “bien educados”. En consecuencia, incluía a los campesinos pobres, acomodados y sin tierras, los trabajadores calificados y no calificados, los analfabetos y el lumpenproletariado, pero también a los comerciantes y artesanos poco instruidos (es decir, ignorantes de los valores y modales de la intelligentsia). […] La realidad social de Polonia se describía como si estuviera dividida entre la intelligentsia y la gente del común. […] La gente del común era “tonta” [lud byl “ciemny”, literalmente “oscura”] y carecía de conciencia (también en el sentido de conciencia nacional). […] La pertenencia a la intelligentsia –un estrato superior, mucho más instruido y de mejores modales– implicaba para sus miembros el deber de tratar bien a la gente del común, lo cual significaba en primer lugar educarlos y elevar su nivel de conciencia en lo concerniente a la lealtad a la patria, la educación y la higiene.55
No hace falta decir que en todas estas cuestiones (patrióticas, educacionales e higiénicas) los judíos (con la excepción de los asimilados pertenecientes a la intelligentsia) no se desempeñaban mejor que la “gente del común”. De todas maneras, como señala Swida-Zieba en otra parte del libro, la juventud polaca no pensaba mucho en el Holocausto. La destrucción de la comunidad judía polaca no fue tomada por la generación de la autora como un tema que mereciera un serio examen. “Hoy sólo puedo señalarlo como un hecho pasmoso que no comprendo del todo, pero fue efectivamente así”. 56

El trágico destino del país, tal como se forjó en el crisol de la Segunda Guerra Mundial, tuvo a la intelligentsia polaca como principal protagonista. La guerra fue la última gran aparición de este sector en el escenario histórico, en el cual representó el papel de un héroe custodio del ethos patriótico y el arquitecto de la resistencia, así como el de víctima, puesto que los ocupantes nazi y soviético eligieron a las elites como blanco de una persecución particularmente severa. La intelligentsia polaca también siguió haciendo la crónica de lo que sucedía (su producción proliferó hasta un grado sin precedentes en las publicaciones clandestinas) y terminó por imponerse como intérprete de la experiencia, conservador de registros e historiador.

Por otra parte, el drama de las experiencias bélicas estaba impregnado de una rica textura simbólica anclada en el derrumbe del estado polaco durante el siglo XIX, la serie resultante de levantamientos nacionales contra las potencias que se lo habían repartido y la gran literatura romántica polaca, que trabajó con mucha eficacia esos traumas colectivos para forjar la conciencia nacional moderna del país. Como consecuencia, todo lo correspondiente a la guerra, la resistencia o el sacrificio –inmerso en un contexto espiritual– era un terreno sagrado, reservado para un grupo selecto, donde los “palurdos” no tenían acceso ni podían hacer aporte alguno. En el mundo dual de la “intelligentsia” y la “gente del común”, lo que sucediera con esta última era en cualquier circunstancia de una significación relativamente escasa, y ello tanto más cuando el destino de la nación y la preservación de sus valores tradicionales más sagrados estaban en juego.57 El honor, el idealismo, los valores supremos, los llamados “imponderables” y el sacrificio por el bien común delimitaban un espacio simbólico donde la gente corriente, a lo sumo honesta, devota, leal e incluso buena –cuando no era tonta u “oscura” (ciemny), ignorante, carente de conciencia nacional o de la higiene adecuada–, no tenía admisión. La significación colectiva de la experiencia de la guerra se interpretó en una clave peculiar para la cual la “gente del común” no tenía oído. Un proletario no da su palabra de honor, recordaba Lucien Febvre a su audiencia en una serie de conferencias sobre el “honor y la patria” pronunciadas en el Collège de France durante el primer año lectivo luego de la guerra. Sólo podría jurar por la vida de su hijo o su madre o, según una expresión coloquial en polaco, por el amor de su abuela.58

No debería ser una sorpresa, entonces, que lo sucedido entre judíos y campesinos sólo fuese señalado por informantes clandestinos, y únicamente como episodios locales carentes de una significación más amplia. Esos sucesos no merecían ninguna otra evaluación. No tenían la magnitud suficiente para formar parte del relato predominante y generador de mitos sobre las luchas y las víctimas de la guerra en Polonia. Lo que pasaba en el “piso de abajo”, entre la gente del común y los judíos, no podía tener, por definición, una significación más vasta. Como consecuencia de ello, se pasó por alto aun su letal enfrentamiento, dado que estaba confinado en un espacio social de irrelevancia. Había, por supuesto, un conocimiento local de los acontecimientos que nunca se disipó, tal cual pudieron comprobarlo los periodistas al visitar Jedwabne sesenta años después del asesinato de los judíos del lugar. Pero el público en general, incluyendo a los profesionales cuyo oficio consistía en registrar lo ocurrido (informantes que escribían para el estado clandestino e historiadores), fue incapaz de transformar esa información dispersa en conocimiento sobre la época. Los episodios urbanos que tenían el carácter de ataques asesinos contra los judíos no podían ignorarse y aparecen en el relato de los días de la guerra bajo un término cargado de una connotación intensa e inequívocamente negativa en polaco: szmalcownictwo. Un szmalcownik era una persona que chantajeaba a los judíos ocultos en el lado ario, amenazando con revelar su paradero a los nazis si no le pagaban. El concepto marginaba convenientemente el fenómeno y lo circunscribía. “Todas las sociedades tienen su escoria”, nos dice un clásico comentario sobre el fenómeno del szmalcownictwo, lo cual transforma la historia en un hecho trivial y poco interesante. Por otra parte, las matanzas de judíos de aldeas y shtetl (pequeñas ciudades) cometidas por sus vecinos nunca lograron entrar en la conciencia histórica de la época.

Lucien Febvre, un gran historiador francés cuyo nombre ya he mencionado, escribió todo un libro para discutir la atribución de una cita al autor de Gargantúa y Pantagruel. Rabelais no dijo las palabras incriminatorias, sostiene Febvre en la conclusión de El problema de la incredulidad en el siglo XVI,59 porque por entonces nadie podía ser ateo. Las reglas del uso del lenguaje simplemente no permitían la articulación del ateísmo. Hasta hace muy poco, en el discurso público polaco era imposible adjudicar una colaboración con los nazis o el asesinato de judíos a nadie, salvo a los elementos socialmente marginales o desviados.

Por lo demás, como las fuentes clandestinas polacas del período no habían incluido a los judíos entre “nuestros muertos” –aun cuando hacia el final de la guerra estaban muertos– y la historia de su muerte no podía contarse tal como había ocurrido, en definitiva las víctimas mortales polacas y judías se fusionaron en un solo relato. No por mala voluntad, me parece, sino porque faltaban las palabras y conceptos adecuados para contarlo wie es eigentlich gewesen ist, tal como había sucedido realmente.


Traducción de Horacio Pons




NOTAS

1Odrodzenie, 1, 3 de septiembre de 1944.

2Warszawa, 2, 16 de junio de 1946.

3. Maria Janion, Do Europy – tak, ale razem z naszymi umarlymi. Varsovia: Sic!, 2000.

4. He planteado este aspecto con cierto detalle y especial referencia al extraordinario diario del doctor Zygmunt Klukowski, Dziennik z lat okupacji zamojszczyzny. Lublin: Ludowa Spoldzielnia Wydawnicza, 1958. Se encontrará un tratamiento más extenso del tema en Jan T. Gross, “Tangled web: Confronting stereotypes concerning relations between Poles, Germans, Jews, and communists”. Istvan Deak, Jan T. Gross y Tony Judt (comps.), The Politics of Retribution in Europe. World War II and Its Aftermath. Princeton, NJ: Princeton University Press, 2000, especialmente pp. 87-92. En ese artículo hice el siguiente comentario (p. 91):
“La información más reveladora de las memorias de Klukowski son dos cifras citadas por él y tomadas de una conversación con el alcalde de Szczebrzeszyn [Klukowski era director del hospital de esa localidad y su diario abarca la historia de ésta durante la guerra]: que el primer día de la Aktion fueron deportados novecientos treinta y cuatro judíos y a lo largo de las dos semanas siguientes se asesinó en el lugar a otros dos mil trescientos. Estas proporciones pueden variar de ciudad en ciudad y de gueto en gueto. Supongo que en las aglomeraciones más grandes fueron más los judíos deportados que los asesinados sobre el terreno.”

5. El Instituto Histórico Judío de Varsovia está publicando el Archivo Ringelblum en una cuidada edición que reproduce los documentos originales. Hasta ahora han aparecido tres volúmenes que totalizan unas dos mil quinientas páginas. La monumental crónica de Herman Kruk, de setecientas páginas, se publicó hace poco en traducción inglesa: Herman Kruk, The Last Days of the Jerusalem of Lithuania. Chronicles from the Vilna Ghetto and the Camps, 1939-1944. New Haven y Londres: Yale University Press / YIVO Institute for Jewish Research, 2002.

6. En E. Thomas Wood y Stanislaw M. Jankowski, Karski. How One Man Tried to Stop the Holocaust. Nueva York: John Wiley and Sons Inc., 1994, se encontrará la biografía de Karski. Analizo su misión en este mismo artículo, más adelante. No conozco, empero, ningún esfuerzo sistemático para documentar el exterminio de los judíos polacos que haya sido encarado por iniciativa de civiles polacos no judíos. Por lo que sé, no hubo ningún grupo clandestino de historiadores, funcionarios civiles o ciudadanos comprometidos que concentraran sus esfuerzos en esa tarea.

7. Debemos diferenciar el conocimiento “privado” que también se documentó, pero en memorias y diarios y no en periódicos e informes clandestinos. Se trata de un conocimiento diferente, que con frecuencia señala una discrepancia entre las actitudes y opiniones visibles en público y la sensibilidad privada de los autores. Además de las idiosincrasias individuales de éstos, esas diferencias también eran una muestra del carácter estratificado del conocimiento y las actitudes de la sociedad con respecto al Holocausto.

8. Baste una sola referencia en representación de muchas para documentar este punto, el preámbulo a una orden emitida por el comandante del Ejército Interior, general Grot-Rowecki, el 10 de noviembre de 1942 (citado en Antony Polonsky, “Beyond condemnation, apologetics, and apologies: On the complexity of Polish behavior toward the Jews during the Second World War”. Studies in Contemporary Jewry. Vol. 13, Jonathan Frenkel (comp.), The Fate of the European Jews, 1939-1945. Nueva York: Oxford University Press, 1997, p. 218):
“I. La sociedad polaca teme que luego del exterminio actual de los judíos, los alemanes procedan a aplicar métodos similares de aniquilación contra los polacos. Hago un llamado a la moderación y convoco a contrarrestar esas aprensiones con afirmaciones tranquilizadoras.”


9. Adolf Rudnicki, “Dzienniki”. Kuznica, 1, 1º de junio de 1945. Este fragmento se reproduce en la antología de relatos de Rudnicki, Zywe i martwe morze [“Mar vivo y muerto”], Varsovia: Ksiazka i Wiedza, 1952, pp. 301-311, con algunos cambios significativos. El relato se titula “Pascua” y no “Diarios”, la palabra “multitud” (tlum) ha sido reemplazada por “populacho” (motloch), se ha eliminado toda la oración sobre los niños (Dzieci glaskaly wrogow po rekawach) y la frase siguiente se lee ahora “Algunas mujeres…” (ibíd., pp. 303, 304). Véanse también las reminiscencias del profesor Feliks Tych (en el momento de escribir estas líneas es director del Instituto Histórico Judío de Varsovia), que, de adolescente y mientras estaba oculto en el lado ario de Varsovia, dio con una pieza alemana de artillería que disparaba contra los judíos del gueto, rodeada por un grupo de excitados niños polacos en el papel de marcadores de puntería (Gazeta Wyborcza, suplemento especial dedicado al sexagésimo aniversario del Levantamiento del Gueto de Varsovia, 19 de abril de 2003).

10. A. Rudnicki, Zywe i martwe morze [“Mar vivo y muerto”]. Varsovia: Ksiazka i Wiedza, 1952, p. 309.

11. El poema se publicó en 1946 en un agradable volumen que reunía la poesía de Milosz escrita durante la guerra. Véase Czeslaw Milosz, Ocalenie [“El rescate”]. Varsovia: Czytelnik, 1946. Una vez terminado el conflicto, el poeta se estableció en los Estados Unidos, donde enseñó literatura eslava en la Universidad de California en Berkeley, y en 1980 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Murió en 2004.

12. Mieczyslaw Jastrun, “Potega ciemnoty”. Odrodzenie. 17 de junio de 1945.

13. Mieczyslaw Jastrun, “Potega ciemnoty”. Odrodzenie. 17 de junio de 1945.

14. Fortunoff Archive, T-3104. En los recuerdos de judíos asimilados que tenían una apariencia lo bastante corriente para aparecer en público durante la ocupación hay frecuentes referencias a esos sentimientos expresados en conversaciones oídas al pasar entre extraños, o en palabras dichas directamente a ellos por conocidos que ignoraban su condición de judíos. Véase, por ejemplo, Jrena Hurwic-Nowakowska, Zydzi polscy (1947-1950). Analiza wiezi spolecznej ludnosci zydowskiej. Varsovia: Wydawnictwo IFIS-PAN, 1996, p. 154.

15. Bychowski entró a la historia de la literatura polaca de una manera bastante poco ortodoxa, a saber, como resultado de una pelea a puñetazos entre estudiantes secundarios: una vez, tras ser insultado con difamaciones antisemitas, dos amigos se pusieron de su lado. Así, junto con Krzysztof Kamil Baczynski y Konstanty Jelenski, Bychowski se enfrentó a una multitud de camaradas de clase del prestigioso establecimiento Rey Stefan Batori de Varsovia. Uno de los protagonistas de la pelea, Krzysztof Kamil Baczynski, que moriría a los 23 años como soldado del Ejército Interior en el levantamiento de Varsovia de agosto de 1944, se las ingenió para producir en los años previos una obra que le valió un lugar entre los más eminentes poetas polacos del siglo XX. Konstanty Jelenski, el único de los tres que sobrevivió a la guerra, fue uno de los fundadores del Instituto de Literatura Polaca “Kultura” en París. Esteta, brillante ensayista y compañero de toda la vida de la pintora Leonor Fini, se convirtió en un destacado intelectual público celebrado póstumamente por Denis de Rougemont como un gran europeo. La madre de Bychowski provenía de la familia judía asimilada del legendario editor Mortkowicz, y la carta se cita en la saga familiar bellamente escrita e ilustrada de Joanna Olczak-Ronikier, W ogrodzie pamieci. Cracovia: Znak, 2001, que obtuvo en ese mismo año el galardón literario más importante de Polonia, el premio Nike.

16. El 4 de julio de 1946 hubo en Kielce un pogromo antisemita que se extendió por toda la ciudad y a raíz del cual fueron asesinadas 42 personas. Varias otras decenas de judíos murieron en las estaciones ferroviarias de las inmediaciones.

17. Referencia a los años de entreguerras en Polonia (1918-1939), llamados coloquialmente Dwudziestolecie, “los Veinte Años”.

18. J. Olczak-Ronikier, W ogrodzie pamieci. Cracovia: Znak, 2001, pp. 326-327.

19. El siguiente, por ejemplo, es un poema escrito por el carpintero y compositor de canciones Mordechai Gebirtig en Cracovia, en febrero de 1940:
¡Duele! / ¡Duele terriblemente! / No tanto el odio / Que arde dentro del enemigo, / Ni siquiera los golpes / Aplicados por la mano del salvaje oponente, / Ni la Estrella de David / En nuestros brazos, ¡una vergüenza! / Durante muchas generaciones, / La vergüenza / Recaerá en ellos. // ¡Duele! / ¡Duele terriblemente! / Cuando no es el enemigo extranjero, / ¡sino ellos! / Los hijos e hijas de Polonia, / Cuyo país, en el futuro, / Se avergonzará de ellos. / Riendo, ahogándose de risa, / Viendo en las calles / A nuestro enemigo común / Divertirse a costa de los judíos. / Golpeando y torturando a ancianos, / Saqueando sin freno, / Cortando, como si cortaran pan, / La barba de los viejos judíos. // Y ellos, que, / Como nosotros, / Se han quedado hoy sin patria, / Que hoy sienten como nosotros, / La mano del salvaje oponente, / Ríen, son felices y ríen, / En el momento mismo / En que el orgullo y el honor de Polonia / Son envilecidos así. / Cuando el águila blanca de Polonia / Yace en tierra, / En medio de las barbas. // Pelo negro y gris / De barbas judías. / ¿No es una vergüenza / Para ellos por toda la eternidad? / ¿No significa, en sí mismo, / Escupir en su propio rostro? / ¡Duele! / ¡Sí, terriblemente!

20. Halina Bortnowska, “Czy naprawde nic?”. Gazeta Wyborcza. 18 de abril de 2003.

21. Bortnowska es una colaboradora habitual del distinguido semanario católico Tygodnik Powszechny.

22. Despacho firmado por el general Rowecki, en Pawel Machcewicz y Krzysztof Persak (comps.), Wokol Jedwabnego. Varsovia: Instytut Pamieci Narodowej, 2002, vol. 2, p. 141.

23. Despacho firmado por el general Rowecki, en Pawel Machcewicz y Krzysztof Persak (comps.), Wokol Jedwabnego. Varsovia: Instytut Pamieci Narodowej, 2002, vol. 2, p. 141.

24. Reproducido en Mowia Wieki. Noviembre de 1992, pp. 2-9.

25. Reproducido en Mowia Wieki. Noviembre de 1992, pp. 2-9.

26. El manuscrito del informe de Karski se encuentra en los archivos de la Hoover Institution en la Stanford University de California (colección Stanislaw Mikolajczyk, caja 12), con una inscripción manuscrita a través de la portada: “¡Atención! Las páginas 6, 9, 10 y 11 tienen fojas duplicadas”. En efecto, dichas fojas, paginadas como 6a, 9a, 10a y 11a, muestran una preparación muy cuidadosa. Comienzan y terminan exactamente en el mismo lugar (y hasta incluyen en un caso una palabra dividida por un guión), para facilitar la sustitución. Al interrogarlo sobre el documento, el propio Karski me dijo que había recibido la advertencia de redactar una versión saneada, que omitiera su descripción del antisemitismo prevaleciente en la sociedad polaca; la instrucción le fue transmitida por el profesor Stanislaw Kot, persona muy cercana al primer ministro de entonces, el general Wladyslaw Sikorski. Razones de estado relacionadas con los aliados exigían, según le dijeron, encubrir el asunto. En Mowia Wieki. noviembre de 1992, pp. 2-9, se encontrarán las dos versiones completas del documento.

27. P. Machcewicz y K. Persak (comps.), Wokol Jedwabnego. Varsovia: Instytut Pamieci Narodowej, 2002, vol. 2, p. 153.

28. Luego de la Aktion alemana del verano de 1942, resultante en la deportación de más de trescientos mil judíos del gueto de Varsovia al campo de exterminio de Treblinka, se estableció en la capital un Comité de Asistencia a los Judíos. Este organismo reunía a representantes de varias organizaciones y partidos políticos polacos y era financiado por la Oficina del Delegado Plenipotenciario (Delegatura) del gobierno en el exilio. El 4 de diciembre de 1942, el comité se transformó en el Consejo de Ayuda a los Judíos, Zegota (Rada Pomocy Zydom, Zegota), que también incluía a un representante sionista y otro del Bund. El consejo distribuyó fondos importantes provistos por la Delegatura para ayudar a los judíos ocultos en el lado ario, organizó refugios y falsificó documentos de identidad, además de promover entre las organizaciones clandestinas la condena y el castigo de polacos que colaboraran en la persecución de los judíos y chantajearan a las personas ocultas con identidad falsa. Es imposible calibrar con exactitud el impacto de su trabajo, pero sin duda salvó la vida de centenares y posiblemente de millares de judíos. La referencia clásica al Zegota es Teresa Prekerowa, Konspiracyjna Rada Pomocy Zydom w Warszawie, 1942-1945. Varsovia: Panstwowy Instytut Wydawniczy, 1982.

29. En su Dziennik z lat okupacji zamojszczyzny. Lublin: Ludowa Spoldzielnia Wydawnicza, 1958. Zygmunt Klukowski describe la participación de los campesinos en el saqueo de los bienes dejados por los judíos luego de su deportación a los campos de exterminio, así como en el encierro de los judíos del lugar. Véase, en especial, la entrada del diario correspondiente al 13 de abril de 1942.

30. En Jan T. Gross, Neighbors: The Destruction of the Jewish Community in Jedwabne, Poland. Princeton, NJ: Princeton University Press, 2001 [traducción castellana: Vecinos: el exterminio de la comunidad judía de Jedwabne (Polonia). Barcelona: Crítica, 2002], se describe la masacre de los residentes judíos de una pequeña ciudad, cometida el 10 de julio de 1941 por sus vecinos no judíos en cumplimiento de una orden impartida por los ocupantes alemanes.

31. Christopher R. Browning, Ordinary Men. Reserve Police Battalion 101 and the Final Solution in Poland. Nueva York: Harper Perennial, 1998 [traducción castellana: Aquellos hombres grises. El batallón 101 y la solución final en Polonia. Barcelona: Edhasa, 2002]. El autor señala que los alemanes tenían mucho interés en hablar de las fechorías de los polacos, a la vez que se mostraban muy reservados y poco veraces acerca de sí mismos y sus camaradas. “En rigor, cuanto mayor fuera la proporción de la culpa polaca, menos culpa cabría al bando alemán. Al ponderar el testimonio que sigue, es preciso tener presentes esas reservas” (p. 155).

32. Christopher R. Browning, Ordinary Men. Reserve Police Battalion 101 and the Final Solution in Poland. Nueva York: Harper Perennial, 1998, pp. 155-156. [Traducción castellana: Aquellos hombres grises. El batallón 101 y la solución final en Polonia. Barcelona: Edhasa, 2002.]

33. Z. Klukowski, Dziennik z lat okupacji zamojszczyzny. Lublin: Ludowa Spoldzielnia Wydawnicza, 1958, entradas de los días 8 de agosto, 26 de octubre y 26 de noviembre de 1942; véase también Michal Grynberg y Maria Kotowska (comps.), Zycie i zaglada Zydow polskich 1939-1945. Relacje swiadkow. Varsovia: Oficyna Naukowa, 2003, pp. 104, 408, 409.

34. “Según Ewa Kozminska-Frejlak, las publicaciones sobre el Holocausto en Polonia entre 1945 y 1947 constituyen más del 25% de toda la producción académica publicada sobre el tópico entre 1945 y 1989. La mayoría de esos libros se editaron con los auspicios de la Comisión Histórica Central Judía”. Natalia Aleksium, “Documenting the fate of Polish Jewry: The Central Jewish Historical Commission in Poland, 1944-1947”. Manuscrito, p. 15.

35. El Instituto de la Memoria Nacional (Instytut Pamieci Narodowej, IPN) comenzó su investigación de los crímenes de Jedwabne en septiembre de 2000. Dicha investigación, llevada a cabo tanto en el plano judicial como en el plano histórico, se tradujo en la publicación de un compendio de dos volúmenes –de más de mil quinientas páginas– de detallados análisis jurídicos, históricos y demográficos: P. Machcewicz y K. Persak (comps.), Wokol Jedwabnego. Varsovia: Instytut Pamieci Narodowej, 2002. La parte judicial de la investigación terminó en julio de 2003 sin que se formulara ninguna acusación. Ambas investigaciones se realizaron con una objetividad y una diligencia ejemplares.

36. P. Machcewicz y K. Persak (comps.), Wokol Jedwabnego. Varsovia: Instytut Pamieci Narodowej, 2002, vol. 2, pp. 123-154.

37. Supongo que la información es exhaustiva, dado que se trata del resultado de un proyecto en colaboración que reunió a media docena de historiadores, quienes indagaron en el tema durante casi dos años como parte de la investigación del IPN.

38. Stanislaw Kauzik, cuyo Departamento de Prensa e Información preparó los informes del delegado plenipotenciario gubernamental enviados a Londres, era miembro del Partido Laborista (Stronnictwo Pracy), de orientación liberal, y estrecho colaborador del último alcalde de Varsovia, Stefan Starzynski. Kauzik era un hombre de opiniones moderadas y no abrigaba prejuicios antisemitas. De manera similar, el talentoso oficial que comandó el Ejército Interior en la época, el general Grot-Rowecki, no simpatizaba con la derecha. El coronel Jan Rzepecki, que estaba a cargo de la OIP, sostenía puntos de vista típicamente centro izquierdistas e incluía a varios judíos entre sus colaboradores más cercanos. El jefe del Departamento de Información de la OIP que preparaba los informes sumarios periódicos aquí citados (“Informacja Biezaca”. “Información actual”) era Jerzy Makowiecki. Éste, uno de los fundadores de la Zegota, fue asesinado en junio de 1944 por un escuadrón de la muerte perteneciente a una organización clandestina de extrema derecha. El comité editorial que preparaba el boletín de “Información actual” estaba compuesto por Aleksander Gieysztor, Antoni Szymanowski, Stanislaw Wertheim y Stanislaw Bronsztajn. Gieysztor, eminente historiador, y Szymanowski, diplomático, tuvieron una destacada figuración en la Polonia de posguerra y jamás mostraron huella alguna de prejuicios antisemitas. Wertheim, muerto durante la guerra, era un brillante especialista jurídico de tendencia liberal, perteneciente a una familia judía asimilada. Con respecto a Bronsztajn, judío, creo que podemos suponer con certeza que sus puntos de vista sobre el problema judío no se apartaban mucho de las opiniones de sus colaboradores. Gustaw Kalenski y Adam Prochnik eran los editores de la “Crónica del terror” (otra fuente citada en el volumen del IPN) preparada por la Oficina Histórica Militar, cuyo director era el doctor Stanislaw Ploski, otro hombre de impecables credenciales como demócrata liberal que, como Gieysztor, tendría una eminente carrera académica de historiador después de la guerra. Adam Prochnik llegó a ser un destacado socialista e historiador de izquierda.

39. El Biuletyn Informacyjny era la publicación más importante del Ejército Interior. A lo largo de la ocupación no apareció en sus columnas un solo artículo antisemita.

40. P. Machcewicz y K. Persak (comps.), Wokol Jedwabnego. Varsovia: Instytut Pamieci Narodowej, 2002, vol. 2, p. 130.

41. P. Machcewicz y K. Persak (comps.), Wokol Jedwabnego. Varsovia: Instytut Pamieci Narodowej, 2002., p. 132.

42. P. Machcewicz y K. Persak (comps.), Wokol Jedwabnego. Varsovia: Instytut Pamieci Narodowej, 2002, p. 135.

43. P. Machcewicz y K. Persak (comps.), Wokol Jedwabnego. Varsovia: Instytut Pamieci Narodowej, 2002, p. 138.

44. P. Machcewicz y K. Persak (comps.), Wokol Jedwabnego. Varsovia: Instytut Pamieci Narodowej, 2002, p. 139 (informe del 12 de septiembre), p. 140 (informe del 15 de septiembre).

45. “Raport sytuacyjny Delegatury Rzadu RP na Kraj za okres 15 sierpnia-15 listopada 1941”. P. Machcewicz y K. Persak (comps.), Wokol Jedwabnego. Varsovia: Instytut Pamieci Narodowej, 2002, p. 147.

46. “Raport sytuacyjny Delegatury Rzadu RP na Kraj za okres 15 sierpnia-15 listopada 1941”. P. Machcewicz y K. Persak (comps.), Wokol Jedwabnego. Varsovia: Instytut Pamieci Narodowej, 2002, p. 142.

47. Un tema común en la historiografía y la memoria popular polacas es la entusiasta recepción brindada por la población judía del este del país al Ejército Rojo al comienzo de la guerra, cuando los soviéticos ocuparon la zona en septiembre de 1939 (más de la mitad del territorio polaco hasta la ofensiva germana de junio de 1941, mientras los alemanes ocupaban la otra mitad). Al leer los documentos del AK citados aquí, uno se sorprende ante el hecho de que una recepción tan entusiasta como la manifestada hacia la Wehrmacht por los habitantes polacos de los mismos territorios en 1941, es decir, dos años después de que el corazón de Polonia hubiera sido ocupado por los alemanes, no encontrara eco alguno en la historiografía polaca. Y se pregunta si una persistente memoria colectiva sobre la presunta colaboración judía con los soviéticos no sirvió en este caso para encubrir un hecho mucho más embarazoso, difícil de armonizar con el relato dominante de la guerra, a saber, la colaboración de los campesinos y los residentes de las pequeñas ciudades polacas con los nazis.

48. Lo sé por experiencia propia, ya que contribuí a esa obliteración al escribir mi Polish Society under German Occupation: Generalgouvernement, 1939-1944. Princeton, NJ: Princeton University Press, 1979, en el que pasé por alto la historia de los judíos, de conformidad con la práctica historiográfica aceptada.

49. Hanna Swida-Zieba, Urwany lot. Pokolenie inteligenckiej mlodziezy powojennej w swietle listow i pamietnikow z lat 1945-1948. Cracovia: Wydawnictwo Literackie, 2003.

50. Hanna Swida-Zieba, Urwany lot. Pokolenie inteligenckiej mlodziezy powojennej w swietle listow i pamietnikow z lat 1945-1948. Cracovia: Wydawnictwo Literackie, 2003, p. 7.

51. Hanna Swida-Zieba, Urwany lot. Pokolenie inteligenckiej mlodziezy powojennej w swietle listow i pamietnikow z lat 1945-1948. Cracovia: Wydawnictwo Literackie, 2003, p. 42.

52. Hanna Swida-Zieba, Urwany lot. Pokolenie inteligenckiej mlodziezy powojennej w swietle listow i pamietnikow z lat 1945-1948. Cracovia: Wydawnictwo Literackie, 2003, p. 43.

53. Hanna Swida-Zieba, Urwany lot. Pokolenie inteligenckiej mlodziezy powojennej w swietle listow i pamietnikow z lat 1945-1948. Cracovia: Wydawnictwo Literackie, 2003, pp. 43-44.

54. Literalmente, “el pueblo”. Pero “pueblo” tiene una connotación positiva (o al menos neutra) en el inglés norteamericano. En contraste, Swida-Zieba apunta al significado peyorativo o despectivo de lud, e indica que esta palabra y cham (esto es, “palurdo”) eran más o menos intercambiables en ese contexto. Por lo tanto, he traducido lud como common people [“gente del común”].

55. Hanna Swida-Zieba, Urwany lot. Pokolenie inteligenckiej mlodziezy powojennej w swietle listow i pamietnikow z lat 1945-1948. Cracovia: Wydawnictwo Literackie, 2003, pp. 44-45.

56. Hanna Swida-Zieba, Urwany lot. Pokolenie inteligenckiej mlodziezy powojennej w swietle listow i pamietnikow z lat 1945-1948. Cracovia: Wydawnictwo Literackie, 2003, p. 94.

57. Recordé la actitud despectiva de la intelligentsia ante el “factor humano” cuando se ponen en juego cuestiones de gran significación histórica al leer un pasaje del brillante estudio de Marci Shore sobre los intelectuales polacos de izquierda, de próxima aparición. En él, la autora describe una conversación entre el poeta Wladyslaw Broniewski y Aleksander Wat mantenida en algún momento de la década de 1930, luego del retorno de Broniewski de un viaje por la Unión Soviética. Shore cita el siguiente párrafo de My Century, memorias orales de Wat:
“Cuando regresó le hice preguntas acerca de varias cosas, entre ellas el hambre en Ucrania y la colectivización, mencionándole que la prensa había informado de la muerte de cinco millones de campesinos. Él me contestó: ‘Sí, es cierto; se habla mucho de eso’. […] Entonces le dije a Wladzio –lo recuerdo exactamente; en la vida hay momentos que uno nunca olvida–: ‘¿Es verdad, por lo tanto?’. Movió la mano en un ademán de desdén para desestimar el tema; ¿qué le importaban a él esos cinco millones de mujiks? No lo dijo, pero el gesto hablaba por él.”
Aleksander Wat, My Century: The Odyssey of a Polish Intellectual. Berkeley: University of California Press, 1988, pp. 85-86. [El libro de Marci Shore se anuncia con el título de Caviar and Ashes: A Warsaw Generation’s Life and Death in Marxism, 1918-1968. New Haven: Yale University Press, 2006. (N. del T.)].

58. Lucien Febvre, “Honneur et Patrie”. Une enquête sur le sentiment d’honneur et l’attachement à la patrie. París: Librairie académique Perrin, 1996, pp. 70-71.

59. Lucien Febvre, Le Problème de l’incroyance au 16e siècle. La religion de Rabelais. París: Albin Michel, 1942; traducción inglesa: The Problem of Unbelief in the XVIth Century: The Religion of Rabelais. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1982 [traducción castellana: El problema de la incredulidad en el siglo XVI La religión de Rabelais. Madrid: Akal, 1993].
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